sábado, 4 de julio de 2009

La dualidad sería una categoría más de nuestra mente

La actividad científica no es compatible con hipótesis inmutables

Dualismo y emergentismo son temas recurrentes del discurso filosófico y teológico de nuestros días. Probablemente, el pensamiento dualista sea fruto de una predisposición innata a las antinomias localizada en el lóbulo parietal inferior izquierdo del cerebro. La neurociencia ha mostrado que es posible provocar experiencias espirituales (postura emergentista) y estos experimentos nos indican que el dualismo no es “real”, sino una categoría más de nuestra mente. La actividad científica no es compatible por tanto con hipótesis inmutables, por lo que todo lo que se dice en este artículo puede que esté equivocado. Por Francisco J. Rubia.

Recientemente han aparecido en esta misma revista digital artículos sobre emergentismo y dualismo que valdría la pena comentar. Estos artículos son de autores que están relacionados con la Cátedra de Ciencia, Tecnología y Religión de la Universidad de Comillas.

Leyendo estos artículos, la primera impresión que se obtiene, al menos por mi parte, es que parece que se ha encontrado la piedra filosofal (lapis philosophorum) en un triple sentido: en primer lugar, haber encontrado una postura que pueda ser aceptada tanto por la ciencia como por la religión; en segundo lugar, una postura que pueda sustituir a un dualismo que ya se considera como algo obsoleto y que desde los órficos pasando por Platón, Pitágoras, Descartes, hasta el neurofisiólogo John Eccles nunca pudieron explicar satisfactoriamente la interacción entre alma y cuerpo, o espíritu y materia; y, finalmente, en el sentido místico, porque la piedra filosofal simboliza la transmutación de la naturaleza animal e inferior del hombre en la naturaleza divina.

Respecto al dualismo ya planteé en otro lugar en esta misma página web que la neurociencia había podido avanzar en el estudio de las funciones mentales gracias a la superación del dualismo. De aquí puede deducirse que soy un enemigo de esta postura filosófica que divide el mundo en términos antitéticos. Sin embargo, también he sostenido en otro lugar mi convencimiento de que el pensamiento dualista es probablemente fruto de una predisposición innata a las antinomias y que, por esa razón, lo encontramos tanto en la mitología, como en la filosofía, en las ideologías, en la ciencia o en la religión. De acuerdo con ello, el pensamiento dualista sería algo así como una categoría kantiana, o sea una especie de anteojos que Eugene D’Aquili llamó “el operador binario” y que probablemente sea una estructura localizada en el lóbulo parietal inferior izquierdo del cerebro. Esta estructura sería responsable de nuestra capacidad lógico-analítica.

Experiencias místicas provocadas

Ahora bien, el cerebro es más que eso. La experiencia mística, por ejemplo, se caracteriza por no ser dualista. Supongo que el pensamiento dualista procede de la característica cerebral de ser sensible a los contrastes y no a las cantidades absolutas. Por tanto, siempre que seamos conscientes que esa forma de pensar no es la única y que es un instrumento más del análisis de la realidad por parte de nuestro cerebro, no caeremos en la trampa de considerar que la naturaleza es dualista, o lo que es peor, que las divisiones tajantes que suelen hacer las ideologías reflejan la realidad, lo que a lo largo de la historia ha tenido nefastas consecuencias. Quisiera aclarar que considero a la ideología como una cosmovisión terminada, acabada, de la realidad, y, por tanto, falsa.

Los esfuerzos que desde la religión se hacen para ‘librarse’ del dualismo, son pues a mi entender inútiles. Porque supongamos que por lo que respecta al dualismo cartesiano no estemos de acuerdo en la separación cuerpo/alma o cerebro/mente; no obstante, sigue siendo un hecho que la existencia de un ser infinito es la antítesis de la finitud humana, planteamiento dualista si los hay. Y ¿qué decir del alma?

En otro orden de cosas, la neurociencia ha mostrado que es posible experimentalmente, mediante estimulación electromagnética de ciertas regiones cerebrales, producir experiencias espirituales, incluso experiencias místicas, que el Prof. Núñez de Castro considera, como muchos otros entre ellos yo mismo, las experiencias religiosas más profundas. Estos resultados estarían de acuerdo con una postura emergentista, no dualista, en el sentido que tendríamos que hablar no de espíritu y materia, sino de algo así como “espiriteria”, contracción de ambas.

A mi entender, los experimentos mencionados nos indican, repito, que el dualismo no es “real”, sino una categoría más de nuestra mente. Y quisiera tranquilizar a aquellos que lamentan que las experiencias espirituales provocadas experimentalmente surjan de la estimulación de estructuras del cerebro emocional. Tradicionalmente hemos pensado que las emociones son productos cerebrales de segunda categoría, comparados con las funciones mentales más excelsas. Otra actitud dualista que ha sido contestada por neurocientíficos como Antonio Damasio y Joseph LeDoux que han mostrado que el pensamiento es una expresión “de más alto nivel” (higher-order expression) del cerebro emocional.

Sin etiquetas

Quisiera expresar mi aversión por las etiquetas que, en muchas ocasiones, reflejan ese pensamiento dualista del que estamos hablando. En este sentido, llamar a una persona “materialista” o “espiritualista”, no sería otra cosa que llamarle “dualista cojo”, o sea que de la división entre materia y espíritu sólo considera una de ellas. En otros casos, suelen utilizarse esas etiquetas como armas arrojadizas para intimidar al contrario, como cuando se utiliza el término “reduccionista” para atacar a la ciencia. ¿Qué significa, por ejemplo, “trascendencia” en términos científicos, palabra que, por otro lado, en español está tan manida que se suele utilizar como sinónimo de importancia o relevancia?

No quisiera terminar sin hacer un comentario sobre otra probable predisposición innata que denomino el “principio arqueteleológico”, que busca, de manera casi instintiva, en todo lo que observa, un principio y un fin. Una vez que presuntamente lo encontramos nos quedamos enormemente satisfechos. Sin duda, esta predisposición ha tenido algún valor de supervivencia a lo largo de la evolución. El descubrimiento del “Big Bang” es un ejemplo, aunque aún no sabemos si es una hipótesis que, ya me extrañaría, tuviese trazas de ser permanente. Otro ejemplo sería la búsqueda de un fin en la evolución de las especies, suponiendo que la idea decimonónica del progreso puede aplicarse sin más a ese proceso asumiendo que existe una evolución hacia lo más complejo, a pesar de que existen numerosos ejemplos de regresiones, que nos indican que hay también una evolución hacia lo más simple.

De todo lo dicho me gustaría resaltar que la actividad científica no es compatible con hipótesis inmutables y que todo lo que he manifestado en este artículo puede que esté equivocado. La ventaja de la ciencia respecto a otras actividades humanas es que acumula conocimientos, a pesar de estar poniendo siempre en tela de juicio lo que se considera como cierto en un momento determinado. En este sentido, nada más lejano de la ciencia que las cosmovisiones acabadas, y por ende estáticas, de la realidad.

Francisco J. Rubia Vila es Catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, y también lo fue de la Universidad Ludwig Maximillian de Munich, así como Consejero Científico de dicha Universidad. Editor del Blog Neurociencias de Tendencias21.

Fuente: Tendencias21

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